jueves, 17 de noviembre de 2016

DOMINGO 20/11/2016. SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO. REINO DE JUSTICIA Y PAZ Y MISERICORDIA....



PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL 5, 1-3
En aquellos días, todas las tribus de Israel se presentaron ante David en Hebrón y le dijeron:
-«Hueso tuyo y carne tuya somos. Desde hace tiempo, cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú el que dirigía las salidas y entradas de Israel. Por su parte, el Señor te ha dicho: "Tú pastorearás mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel"».
Los ancianos de Israel vinieron a ver al rey en Hebrón. El rey hizo una alianza con ellos en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos le ungieron como rey de Israel.
Palabra de Dios.

Salmo
Sal 121,1-2.4-5

R/.
 Vamos alegres a la casa del Señor.

V/. Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén. R/.

V/. Allá suben las tribus, las tribus del Señor,
según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David. R/.
SEGUNDA LECTURA

LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS COLOSENSES 1, 12-20
Hermanos:
Damos gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz.
Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.
Él es imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él.
Él es anterior a todo, y  todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del  cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el  primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él y para él quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 23, 35-43
En aquel tiempo, el pueblo estaba mirando, pero los magistrados hacían muecas a Jesús, diciendo:
- «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».
Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo:
-«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».
Había también por encima de él un letrero:
-«Éste es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:
-«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía:
- «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo».
Y decía:
-«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
Jesús le dijo:
- «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».
Palabra del Señor.

 
REINADO DE PERDÓN Y DE MISERICORDIA
Por Antonio García-Moreno
1.- REY DE REYES.- A la muerte del rey Saúl la guerra se enciende en los campos de las tribus de Jacob. Unos se inclinan por David, otros por Isbaal, el hijo de Saúl. Pero la suerte estaba echada desde hacía tiempo. Dios había ungido a David por medio de Samuel. Entonces era un chiquillo, pero ahora es un guerrero con experiencia, un hombre curtido por la lucha, prudente y temeroso de Yahveh. Después de algunas escaramuzas, triunfa la causa de David. Y todas las tribus vinieron a Hebrón para proclamar al nuevo rey del pueblo escogido. Aclamación unánime y entrega sin condiciones.
Aquel rey valiente y sensible como un poeta será el prototipo del gran Rey que vendría al fin de los tiempos, Cristo Señor nuestro. Ante él todas las tribus de la tierra, todas las naciones, todos los pueblos inclinarán un día la cabeza en acatamiento total. Y nosotros, los que creemos en Él, ya desde ahora lo proclamamos Rey de nuestros amores, Rey de nuestro pueblo.
Muchas veces en la Biblia se habla del pueblo como un rebaño: Hoy quizá esa comparación nos resulte inadecuada, pero en aquel tiempo no lo era. Ellos también eran pastores y sabían de amores por el rebaño. Por eso muchas veces Dios se ha llamado a sí mismo pastor de su pueblo, el que lo lleve a verdes praderas, el que lo conduzca a través del desierto, el que lo defienda de los ataques enemigos, el que cura a la oveja herida, el que lleva sobre sus hombros al cordero recién nacido.
Cristo encarnará de forma viva esa figura del Rey pastor. Y cuando contempla a su pueblo siente una profunda pena por él, porque es un rebaño cansino y descarriado, sin pastor. Se nos dice también que dejará a las noventa y nueve del rebaño, para buscar la que se perdió. Y se llenará de alegría cuando la encuentre... Este es nuestro Rey, este nuestro Pastor. Hoy nos mira con amor, y al sentirnos mirados por él volvemos nuestros ojos hacia los suyos y prometemos ser dóciles a su llamada.
2.- REINO DE AMOR Y DE PAZ.- La crueldad del hombre llega en ocasiones a límites inauditos. Cuando Jesús agonizaba en la cruz, los que estaban alrededor mostraron sentimientos más de fieras que de hombres. No se contentaron con vencerlo y clavarlo vivo en una cruz como un vulgar malhechor, a él que era la misma inocencia, que sólo bien hizo a los que se cruzaron en su camino, a él que sólo habló de amor y de comprensión, de generosidad y de servicio. No tenían bastante, por lo visto, con tenerlo allí colgado, desangrándose poco a poco. Se plantan delante de él y le insultan, le escarnecen, le recuerdan su antiguo poder de taumaturgo, sus palabras de Maestro único. No sólo eran los soldados, acostumbrados quizá a aquellos dramáticos trances. También se reían con sarcasmo los sacerdotes a la cabeza de una gente que corean y ríen sus ocurrencias. Cómo dolería a Jesús todo aquello, cómo le recordaría los momentos en los que se compadeció hasta la ternura de la muchedumbre, de sus necesidades. Sí, le dolería y lastimaría la ingratitud del pueblo, que tanto recibió de su bondad y de su poder.
Sin embargo, en el palo vertical de la cruz se podía leer con claridad la causa de la condena: Jesús Nazareno, Rey de los judíos. Todos aquellos que deambulaban por Jerusalén y sus alrededores pudieron enterarse de lo ocurrido. Todos pudieron contemplar el patíbulo, colocado precisamente en un promontorio cercano a la ciudad. Los de habla aramea, así como los peregrinos llegados de los más remotos lugares para celebrar la Pascua, todos pudieron leer aquel "titlon", aquella especie de pancarta en donde se expresaba con brevedad la causa de la condena. En ella se proclamaba en arameo, griego y latín el delito de Jesús de Nazaret. A los gerifaltes de Israel les molestó que Pilato lo escribiera en esos términos. Debería haber puesto que se hacía pasar por Rey de Israel, y no que era el Rey de Israel. Pero el Pretor, que tanto había cedido, no quiso ceder más y allí quedó para siempre la proclama de la verdadera condición del hijo de José, el carpintero de Nazaret. Sí, Él era el Rey de Israel, es decir, el Mesías profetizado desde antiguo, el Redentor del mundo, el Salvador, el Hijo de Dios.
Los Apóstoles habían huido. Sólo estaba cerca Juan. También estaba la Virgen y las otras mujeres. Pero todos ellos callan y lloran. Es indudable que con su presencia reconocían y aceptaban la grandeza del Señor, aun en medio de su presente derrota y tremenda humillación. Sin embargo, no se atreven a decir nada. Quizás miraban con devoción y amor al Amigo, al Hijo, al Maestro, a Dios que se ahoga en su propia sangre...
Pero de improviso resuena una voz discordante. Alguien se pone abiertamente de parte de aquel ajusticiado. Primero recrimina al otro ladrón que también está en el suplicio, luego se vuelve a Jesús y lo reconoce como Rey, suplicándole que se acuerde de él cuando esté en su Reino. La voz del Señor no tarda en oírse: "Esta misma tarde estarás conmigo en al Paraíso"... Comenzaba su reinado de perdón y de misericordia.

REFLEXIÓN
Con esta Fiesta de hoy cerramos el Ciclo Litúrgico. El próximo Domingo ya comenzamos un nuevo Año Litúrgico con el Primer Domingo de Adviento, en preparación para la Navidad. Hoy celebramos a Cristo como Rey del Universo.
Las Lecturas de hoy mencionan el Reino de Dios, el Reino de Jesucristo.  En el Evangelio (Lc. 23, 35-43), vemos el bellísimo y conmovedor relato del “buen ladrón”, crucificado al lado del Señor.
Vemos a Dimas mostrar y declarar su fe en que Aquél que está crucificado a su lado es ¡nada menos! que el Rey del Universo, mientras que el delincuente que está del otro lado, piensa y dice todo lo contrario.  Observemos, entonces, cómo las gracias divinas son suficientes para cada uno, pero veamos también cómo las respuestas de los seres humanos pueden ser diametralmente opuestas.
Y Dimas, el “buen ladrón”, reconoce como Dios y como Rey a Cristo.  Pero hay que notar que Dimas no ve un Cristo en la Transfiguración, mostrando su divinidad, ni ve un Cristo Resucitado mostrando su poder infinito, sino que está al lado de un Cristo fracasado, humillado, moribundo, en la misma situación que él.  ¡Qué Fe más grande!  Y esa Fe grande lo lleva al arrepentimiento verdadero, a un “arrepentimiento perfecto”, por el que reconoce sus crímenes.  Y en esa situación se atreve a pedirle, un tanto temeroso:  “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”.
Y ese Rey bondadosísimo que es Jesucristo, que nos da mucho más de lo que nosotros sabemos pedirle, le promete a Dimas, el ladrón arrepentido, mucho más de lo que él se atrevió a pedirle, pues Cristo le asegura que no sólo se acordará de él, sino que lo llevará consigo a ese Reino en que él cree.  Y que esto sucederá, no en un futuro lejano, sino que ese mismo día estará con El en su Reino.  ¡Qué grande es la Misericordia Divina con el pecador verdaderamente arrepentido!
Ahora bien, el Reinado de Cristo -que es lo mismo que el Reino de Dios- viene mencionado muchas veces en la Sagrada Escritura.  Y Cristo nos dice que su Reino no es de este mundo.  Pero, sin embargo, su Reino también está en este mundo.  El Reino de Cristo no es de este mundo, pues Jesucristo no vino a establecer un poderío terrenal.  Jesucristo no vino a establecer un poder temporal.
En este sentido, su Reino no es terrenal, sino celestial.  No es humano, sino divino.  No es temporal, sino eterno.
Pero su Reinado está en medio del mundo: está en cada uno de nosotros.  O, mejor dicho: está en cada uno de nosotros cuando Cristo vive en nosotros y nosotros permitimos que ese Rey que es el Señor, reine en nuestro corazón, reine en nuestra alma, reine en nuestra vida.
La Primera Lectura  (2 Sam. 5, 1-3)  nos trae la misma situación que ya sabemos sobre el reinado de Cristo: está en el mundo pero no es de este mundo.
El hecho que nos narra este trozo del Libro de Samuel se refiere un gran día para el Rey David y muy importante para el pueblo de Israel: las tribus del norte lo reconocen como Rey legítimo.  Antes de este día, el reino de Israel estaba dividido y David sólo gobernaba la tribu de Judá.
Sucedió que después de la muerte del primer Rey de Israel, Saúl, las tribus del norte habían reconocido como Rey a uno distinto a David.  Ese rey, aunque era hijo de Saúl, no había sido escogido por Dios como Rey.  Se llamaba Isbaal y fue asesinado por algunos de sus mismos guerreros (cf. 2 Sam. 4).   Así que después de su muerte y de unos siete años de guerra civil, finalmente reconocen también los del norte a David como Rey y se unifica todo el país.
David también conquista a Jerusalén, pues este distrito estaba en manos de los cananeos y, como quedaba en el centro, separaba a las tribus del norte de las del sur.  Jerusalén, entonces, pasa a ser capital de este reino ahora unificado totalmente (cf. 2 Sam. 5, 4-10). 
Y, desde ese momento, Dios designa a esa ciudad para ser símbolo de su presencia entre los hombres.  Jerusalén pasará, luego de Cristo, a ser la imagen de la Iglesia por El fundada.  Además, Dios nos prometió otra Jerusalén, la Jerusalén Celestial que nos describe San Juan en el Apocalipsis. (cf. Ap. 20 y 21)
El Salmo 121 nos habla de las peregrinaciones, cuando el pueblo de Israel visitaba el Templo de Jerusalén.  Para nosotros, la Iglesia es la nueva Jerusalén, centro de peregrinación de todos los que creen en Cristo, los cuales constituimos “las tribus del Señor”.  La Iglesia es, a su vez, la imagen de la Jerusalén Celestial, “la Casa del Señor nuestro Dios”, hacia donde vamos peregrinando todos los que buscamos el Reino de Cristo.
Más adelante, después de la reunión de las tribus de Israel bajo el Rey David, Dios bendice a David y le promete un reino eterno:  “Así dice Yahvé:  ‘Yo pondré en el trono a tu hijo, fruto de tus entrañas y afirmaré  su poder ... Tu trono estará firme hasta la eternidad’” (2 Sam. 7, 12-16).
Jesús es el descendiente del Rey David y El dará inicio a ese Reino eterno, que es el Reino de Dios.  (cf. Lc. 1, 30-33)
En la Segunda Lectura (Col. 1, 12-20), San Pablo nos brinda un himno bellísimo de alabanza al poder de Cristo Rey.  Cada frase de esta alabanza es digna de ser meditada por separado, pero para comprender aún mejor este maravilloso himno, es bueno ubicarse en la situación a la que San Pablo estaba dirigiéndose.
En ese primer siglo del Cristianismo cuando San Pablo escribió esta Carta (68 AD), comenzaba la “gnosis” (“conocimiento”), esa nefasta herejía ocultista, que aún existe en nuestros días, por la cual los seres humanos buscan a través del ocultismo, un secreto “conocimiento” sobre el origen, la vida y el destino de los hombres y del mundo.
Los Colosenses habían comenzado a flaquear en su Fe, pensando que Cristo no era suficiente, que había que “complementarlo” con otras creencias.  ¿No se parece eso a nuestra situación actual?
Así, habían comenzado a agregar a su Fe en Cristo, erróneas y ocultas teorías, algo muy parecido a las herejías del New Age de nuestros días: Cristo aparecía como un personaje más entre otros muchos “ángeles” y hombres que se iban elevando al “trascender” en existencias sucesivas.  Esas doctrinas secretas de los gnósticos pretendían ofrecer a los cristianos la manera de ser guiados a un “estado superior” para llegar a un reino de luz.
En esta circunstancia, muy parecida a la nuestra, en la que Cristo aparece debilitado y rebajado, en la que a su doctrina se le pretenden anexar complementos erróneos tomados de fuentes paganas, en la que se cree en la re-encarnación, en “maestros ascendidos” y en “ángeles” que no son de los buenos, este himno de San Pablo puede servirnos, no sólo de alabanza a Cristo Rey, sino de profundo estudio y meditación sobre nuestra Fe.
Cristo no puede ser rebajado.  ¡Pero si es Dios!  “Es la imagen de Dios invisible”.    El existía antes que todos y todo fue hecho por El y para El (cf. Jn. 1, 1).
San Pablo deja bien sentado que existe el reino de las tinieblas y el Reino de Cristo.  Y Cristo tiene poder sobre todo lo que ha sido creado.  Los poderes invisibles que ocupan un lugar muy importante en las creencias gnósticas de aquel entonces y de ahora, no son ¡nada! en comparación con Cristo.  Y todos son gobernados por El (cf. Ef. 1, 20-21).
Y Cristo no sólo vino a liberarnos del poder de las tinieblas y a perdonarnos nuestro pecado, sino que nos trajo, además, la resurrección, esa maravilla que es mucho mejor que el irrealizable engaño gnóstico de la re-encarnación.
Y Cristo es el primer resucitado, pero nosotros también lo seremos si lo seguimos a El con esa Fe y ese arrepentimiento verdadero, como el que tuvo Dimas, el “buen ladrón”.
¿Cómo se dará todo esto y cómo se reconcilian con Dios todas las cosas, las del Cielo y las de la tierra? 
Veamos bien: Si Cristo es nuestro Rey, nosotros somos sus súbditos.  Y  ¿qué hace un súbdito?  ¿Qué hace un subalterno?  Hace lo que desea y lo que le indica su Rey, su Jefe.  Por eso decimos que el Reinado de Cristo está dentro de nosotros mismos, pues Cristo es verdadero Rey nuestro cuando nosotros hacemos lo que El desea y lo que Él nos pide.
¿Qué nos pide ese Rey bondadosísimo que es Cristo?  Él nos pide lo que nos muestra con su vida: que hagamos la Voluntad del Padre.  En eso consiste el Reinado de Cristo en cada uno de nosotros: en que hagamos la Voluntad de Dios.
Así es como el Reinado de Cristo comienza por nosotros mismos: cuando comenzamos a buscar hacer la Voluntad de Dios.  Así Cristo es Rey de cada uno de nosotros.  Su Reino en medio del mundo depende de nosotros: depende de cuántos vivamos nuestras vidas según la Voluntad de Dios.
En el Prefacio de hoy rezaremos que el Reino de Cristo es un Reino de Verdad, pues Cristo nos revela la Verdad que es El mismo.  Es un Reino de Vida, pues Cristo vive en nosotros por medio de la Gracia Divina, que recibimos especialmente en los Sacramentos.  Es un Reino de Santidad, pues por medio de esa Gracia -debidamente recibida y acogida por nosotros- Dios nos santifica.
Es, además, un Reino de Justicia, Amor y Paz, en la medida que nosotros los seres humanos, súbditos de ese Rey, busquemos y hagamos su Voluntad.
De esa manera las relaciones entre los hombres serán guiadas por ese Rey que nos comunica su Verdad, su Vida, su Gracia, su Santidad, su Justicia, su Amor y su Paz.
Precisamente ese fue el propósito que tuvo el Papa Pío XI al establecer esta Fiesta en 1925.  Ese es el propósito que persigue la Liturgia de la Iglesia al colocar esta Fiesta importantísima al final del Año Litúrgico.

Si el Reinado de Cristo -comenzando por cada uno de nosotros los Católicos- se extendiera de cada individuo a cada familia, de cada familia a la sociedad, de la sociedad a las naciones, de las naciones al mundo entero, ¡cómo sería todo diferente! 

EL MUNDO Y SU VANIDAD
Largas sus esperanzas
y, para conseguir, el tiempo breve;
penosas las mudanzas
del aire, sol y nieve,
que en nuestro daño el cielo airado mueve.

Con rigor enemigo
las cosas entre sí todas pelean,
mas el hombre consigo;
contra él todas se emplean,
y toda perdición suya desean.

La pobreza envidiosa,
la riqueza de todos envidiada;
mas ésta no reposa
para ser conservada,
ni puede aquélla tener gusto en nada.
 (Fray Luis de León)
El Verbo se encarnó para hacernos “partícipes de la naturaleza divina” (2 P 1, 4): “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios” San Ireneo de Lyon. “Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios” San Atanasio de Alejandría “El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres”. Santo Tomás de Aquino. (Catecismo de la Iglesia Católica n. 460)
David rey encarnaba y anticipaba la figura de un Mesías Rey. Pero Cristo es Rey de un modo radicalmente diverso. No pretende salvarse a sí mismo, como le piden los que se burlan al pie de la cruz. Es a los demás, como al ladrón, a quienes quiere salvar. Es un Reino de perdón y de paz, que logra la reconciliación a base de la propia sangre. Cristo es Alfa y Omega, principio y fin de la creación. El aliento de su gracia mueve hacia él mismo a todo lo creado. Importa dejarse llevar por ella hacia la plenitud que él mismo es.
«Guardemos, entonces, el silencio de los ojos, el cual nos ayudará siempre a ver a Dios. Los ojos son como dos ventanas a través de las cuales Cristo y el mundo penetran en nuestro corazón». (Santa Teresa de Calcuta)
¡Santo y Feliz Domingo!
Un abrazo.
José Antonio.

Imágenes integradas 1
Oremus pro Pontifice nostro
Francisco
Dominus conservet eum, et vivificet eum,
et beatum faciat eum in terra,
et non Tradat eum en animam inimicorum eius.

Oremus.

Deus, pastor fidelium omnium et rector,
famulum tuum Franciscum, quem pastorem Ecclesiae tuae praeesse voluisti, propitius respice: da ei, quaesumus, verbo et exemplo, quibus praeest, Proficere: ut ad vitam, una cum grege sibi credito, perveniat sempiternam. Per Christum Dominum nostrum. Amén.

DÍA 17 DE NOVIEMBRE: SANTA ISABEL DE HUNGRÍA, SANTA GERTRUDIS LA MAGNA, SANTOS ROQUE GONZÁLEZ, ALFONSO (O ALONSO) RODRÍGUEZ Y JUAN DEL CASTILLO, etc.


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SANTA ISABEL DE HUNGRÍA. Hija del rey Andrés II de Hungría, nació el año 1207 en Bratislava. A los 14 años se desposó con Luis IV, Landgrave de Turingia, con el que tuvo tres hijos. Vivió de forma eminente los ideales evangélicos que promovían las nacientes órdenes mendicantes. Acogió a los primeros franciscanos en su llegada a Turingia (1225). Se dedicó asiduamente a la oración y a las obras de caridad. Modelo de esposa y madre, brilló por su austeridad, generosidad y entrega al cuidado de los pobres y de los enfermos. A la muerte de su esposo en la VI Cruzada (1227), dejó la corte, se trasladó a Marburgo, abrazó voluntariamente la pobreza y fundó un hospital dedicado a San Francisco, en el que ella personalmente servía a los enfermos más desgraciados. Tempranamente se apagó su vida en Marburgo, el 17 de noviembre de 1231. Es patrona de la Tercera Orden Franciscana y son muchas las congregaciones religiosas dedicadas a la caridad que llevan su nombre.- Oración: Oh Dios, que concediste a santa Isabel de Hungría la gracia de reconocer y venerar en los pobres a tu Hijo Jesucristo, concédenos, por su intercesión, servir con amor infatigable a los humildes y a los atribulados. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
SANTA GERTRUDIS LA MAGNA. [Murió el 17 de noviembre y su memoria se celebra el 16 del mismo mes]. Nació en Eisleben (Turingia, Alemania) el año 1256. Siendo aún muy niña fue recibida en el monasterio cisterciense de Helfta, en el que se entregó con ardor al estudio, dedicándose principalmente a la filosofía y la literatura. A los 26 años se consagró a Dios de modo exclusivo, adelantando de manera admirable en el camino de la perfección y viviendo sumergida en la oración y contemplación, atraída por la espiritualidad litúrgica, el amor hacia el Corazón de Jesús y la Eucaristía; cultivó el estudio de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres. Tuvo elevadas experiencias místicas, caracterizadas por el vivo sentido de la libertad de los hijos de Dios y por la tierna contemplación y devoción a la humanidad de Cristo y en especial de Cristo crucificado. Nos dejó insignes escritos espirituales. Murió en su monasterio, cerca de Eisleben, el 17 de noviembre de 1302.- Oración: Oh Dios, que hiciste del corazón de tu virgen santa Gertrudis una gozosa morada para ti, por su oración y sus méritos, ilumina las tinieblas de nuestro corazón y concédenos experimentar con alegría tu presencia y tu acción entre nosotros. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
SANTOS ROQUE GONZÁLEZ, ALFONSO (O ALONSO) RODRÍGUEZ Y JUAN DEL CASTILLO, sacerdotes, jesuitas, mártires de Paraguay. San Roque es el primer santo paraguayo; nació en Asunción el año 1576, de una familia española acomodada. Fue sacerdote a los 23 años y se hizo jesuita a los 32. A partir de entonces se convirtió en apóstol de los indios guaraníes. Aprendió su lengua, fue un gran organizador de su vida económica, social y religiosa en las «reducciones», y defensor de sus derechos contra los esclavistas. San Alfonso y san Juan eran españoles, el primero nacido en Zamora en 1598 y el segundo en Belmonte (Cuenca) en 1596; los dos se hicieron jesuitas, y en 1616 marcharon a Argentina, donde completaron su formación. Ya sacerdotes, fueron destinados a la misión de Uruguay, de la que era superior san Roque. En 1628, cuando estaban en plena actividad misionera, los mismos indios para los que trabajaban, instigados por sus hechiceros, martirizaron a san Roque y san Alfonso el 15 de noviembre, y a san Juan el 17, dos días después.
BEATA SALOMÉ DE CRACOVIA. [Murió el 17 de noviembre y la Familia Franciscana celebra su memoria el 18 del mismo mes]. Nació en Cracovia (Polonia) de familia real el año 1211. De niña la desposaron con Colomán, hijo del rey Andrés II de Hungría; fue por tanto cuñada de santa Isabel y de la beata Cunegunda. En 1214 fueron coronados reyes de Galizia (Halicz, en Hungría). Más tarde contrajeron el matrimonio, que vivieron en virginidad abrazada de mutuo acuerdo, llevando una vida austera, llena de obras de piedad y de caridad. En 1241 murió Colomán combatiendo contra los tártaros. Salomé regresó a su patria, donde intensificó su vida espiritual, se convirtió en bienhechora de los franciscanos y, en 1245, emprendió la fundación de un convento de clarisas en Sandomierz (Polonia). No tardó en vestir allí el hábito y profesar la Regla de santa Clara. En sus 23 años de vida claustral fue ejemplo de obediencia y humildad, olvidada su antigua condición de reina. La eligieron abadesa y rigió el monasterio con verdadero espíritu franciscano y clariano. Murió el 17 de noviembre de 1268.- Oración: Dios de misericordia, que has llamado a la beata Salomé desde los afanes del gobierno temporal a la vida de perfecta caridad, concédenos, por su intercesión y ejemplo, servirte con humildad y puro corazón, para obtener el premio de la gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
* * *
San Acisclo de Córdoba. Sufrió el martirio en Córdoba (España) a comienzos del siglo IV, durante la persecución de Diocleciano. La ciudad de Córdoba lo celebra como su patrono junto con santa Victoria, cuya memoria ha sido suprimida en el nuevo Martirologio romano.
Santos Alfeo y Zaqueo. El año 303, en Cesarea de Palestina, durante la persecución del emperador Diocleciano, por confesar con firmeza que hay un solo Dios y que Jesucristo es rey, fueron condenados a muerte y ejecutados, después de sufrir muchas torturas.
San Aniano. Obispo de Orleans (Francia). Confiando sólo en Dios, cuya ayuda obtuvo con frecuencia con oraciones y lágrimas, liberó a su ciudad, asediada por los hunos. Murió el año 453.
San Florino. Sacerdote que se dedicó con fidelidad a la cura parroquial en Ramosch (Suiza). Murió a mediados del siglo VII.
San Gregorio el Taumaturgo. Nació en Cesarea del Ponto (Turquía) hacia el año 213, en el seno de una familia pagana. Estudió en Atenas y Beirut. Por influencia de Orígenes se convirtió al cristianismo. Hacia el año 240 fue consagrado obispo de su ciudad natal. Destacó por su doctrina, virtudes y trabajos apostólicos, y, por los numerosos milagros que realizó, se le llamó «Taumaturgo». Murió entre los años 270 y 275.
San Gregorio de Tours. Nació en Clermont (Francia) el año 538, en el seno de una ilustre familia galo-romana, y se educó en la escuela episcopal de su ciudad, en la que adquirió una buena cultura y se aficionó a la historia. El año 578 fue elegido obispo de Tours. Fue un pastor activo y celoso, estuvo en contacto con los obispos de su tiempo, asistió a varios concilios, procuró la paz y armonía en el seno de la comunidad cristiana. Escribió varias obras entre las que destaca la Historia Francorum, en la que, con estilo claro y sencillo, recoge la historia de los francos. Murió el año 594.
Santa Hilda. Nació en Northumbría (Inglaterra) el año 614, de familia pagana. En su juventud entró a formar parte del séquito del rey Eduino en York, y cuando el rey se bautizó, lo hizo ella también. A los 33 años ingresó en el monasterio de Hartlepool, del que pasó en el 657 al de Whitby como abadesa del doble monasterio, masculino y femenino. Fomentó la disciplina monástica, la formación intelectual de los monjes y la formación religiosa de las monjas, adoptó la Regla de San Benito, promovió la paz y el espíritu de caridad, así como la lectura de la Sagrada Escritura. Murió el año 680.
San Hugo de Lincoln. Nació en Avalon, cerca de Grenoble (Francia), el año 1140. Ingresó de joven en los Canónigos Regulares de San Agustín y algún tiempo después pasó a la Gran Cartuja. El año 1179 lo enviaron como abad a la nueva cartuja de Witham (Inglaterra). Completó la construcción y consolidó la comunidad, a la que llegaron nuevas vocaciones. Lo nombraron obispo de Lincoln en 1186. Realizó una gran labor con firmeza y suavidad, visitó su diócesis, predicó en todas partes, administró los sacramentos. Fue amigo y consejero de varios reyes, defendió la libertad de la Iglesia y defendió a los judíos frente a sus enemigos. Murió en Londres el año 1200 cuando regresaba de un viaje a Francia.
San Hugo de Novara. Fue monje en el monasterio de Claraval (Francia) y discípulo de san Bernardo, quien lo envió a Italia, donde fundó y gobernó varios monasterios, el último de ellos en Novara de Sicilia, del que fue abad hasta su muerte. De esta manera se inició la reforma cisterciense en Sicilia. Murió entre los años 1172 y 1180.
Santos Jordán Ansalone y Tomás Hioji Rokuzayemon Nishi. Sacerdotes de la Orden de Santo Domingo. Jordán nació en Sicilia el año 1598. Vistió el hábito de los dominicos en 1615 y pidió ir a las misiones de Oriente. Llegó a Manila en 1616 y allí se dedicó al apostolado entre los chinos. En 1632 marchó a Japón, que se encontraba en plena persecución contra los cristianos. Tomásnació en una isla japonesa, de padres cristianos que fueron martirizados. En 1625 empezó el noviciado con los dominicos de Manila. Estuvo un tiempo en Formosa y luego entró camuflado en Japón. Los dos, Jordán y Tomás, estuvieron trabajando en la región de Nagasaki hasta que fueron detenidos en 1634. Los sometieron a refinados y crueles suplicios para que apostataran, y los mataron en el tormento llamado de la horca y la hoya.
San Lázaro. Nació en Armenia a finales del siglo VIII y de joven abrazó la vida monástica en Constantinopla. Era un excelente pintor de iconos. El emperador Teófilo, que era iconoclasta, mandó destruir y quemar las sagradas imágenes, a lo que se negó Lázaro, por lo que fue represaliado y torturado, hasta quemarle las manos. Pasada la persecución, volvió a su trabajo artístico, se ordenó de sacerdote y fue miembro de la legación que envió a Roma el emperador Miguel III para consolidar la concordia y unidad de toda la Iglesia. Murió en Constantinopla el año 867.
San Namacio. Nació de noble estirpe hacia el año 486. Ocupó importantes cargos civiles y, estando todavía casado, se dedicó al servicio de Dios ejerciendo el ministerio de la palabra y las obras de misericordia. Fue elegido obispo de Vienne (Borgoña, Francia) y murió en la segunda mitad del siglo VI. Desempeñó rectamente los oficios civiles y al mismo tiempo rigió y honró su sede episcopal.
Beato Eusebio Andrés Roldán Vielva. Nació en Nava de Santullán (Palencia) en 1895. Muy joven ingresó en los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Ejerció su apostolado en varios centros de La Salle. En 1917 fue a Burgos para hacer el servicio militar. Cuando estalló la persecución religiosa en España estaba en la escuela de Gracia de Barcelona. Dejó el convento y se refugió en sucesivos escondites, hasta que los milicianos lo detuvieron. Lo asesinaron el 17-XI-1936 y su cuerpo apareció acribillado y torturado cerca del cementerio Oeste de Barcelona.
Beato Josafat Kocylovskyj. Nació en Polonia el año 1876, estudió en Roma, se ordenó de sacerdote en 1907, trabajó en el seminario de Stanislaviv y en 1911 ingresó en la Orden Basiliana de San Josafat. En 1917 lo eligieron para obispo de Przemysl (Polonia) de los ucranianos, o sea, de la Iglesia católica uniata. Poco después se produjo en Rusia la revolución comunista. Permaneció entregado a su ministerio hasta que, en 1945, las autoridades comunistas polacas lo detuvieron. Lo llevaron a Kiev y en la cárcel contrajo una pulmonía. Lo encerraron en el campo de concentración de Capaivca (Kiev, Ucrania), le propusieron que se pasara a la ortodoxia, pero él se mantuvo firme en la comunión con Roma, y murió el año 1947.
Beato León Saisho Shichiemon. Nació en Jonai (Japón) hacia 1569 y recibió el bautismo en 1608. Era un samurai de rango alto y después de su conversión se entregó a un camino de oración y perfección. Instado repetidamente por su señor a apostatar, León resistió con fortaleza y ánimo tranquilo. Fue condenado a muerte por haberse bautizado en contra de las órdenes de su señor. Lo decapitaron el 17 de noviembre de 1608, tres meses y medio después de haber recibido el bautismo, en Sendai, diócesis de Kagoshima. Fue beatificado el año 2008 junto con otros mártires de Japón.
Beato Lupo Sebastián Hunot. Nació en Brienon l'Archevêque (Francia) el año 1745. Se ordenó de sacerdote como sus hermanos Juan y Francisco, y los tres eran canónigos de la colegiata de su ciudad natal. En la Revolución Francesa prestó el juramento constitucional, pero, cuando el Papa condenó la constitución civil del clero, retractó su juramento. Por eso lo detuvieron y lo condenaron a la deportación, y en 1794 lo internaron en una nave-prisión anclada frente a Rochefort, donde sólo pudo aguantar unos meses, en los que dio pruebas de piedad y de abandono en las manos de Dios.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
Dijo Jesús a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12,32-34).
Pensamiento franciscano:
De las Admoniciones de san Francisco: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Hay muchos que perseveran en oraciones y oficios divinos, y hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero, por una sola palabra que les parezca injuriosa para sus cuerpos o por alguna cosa que se les quite, escandalizados, enseguida se perturban. Estos no son pobres de espíritu» (Adm 14).
Orar con la Iglesia:
Bajo la acción del Espíritu Santo, que ayuda nuestra debilidad e intercede por nosotros para que sepamos pedir lo que nos conviene, presentemos al Padre nuestra plegaria.
-Para que la Iglesia, fiel al Señor, progrese en el amor universal que brota de la presencia viva de Cristo en la Eucaristía.
-Para que los gobiernos del mundo respeten los derechos de toda persona y fomenten la verdadera convivencia entre los ciudadanos.
-Para que se manifieste en nosotros el amor de Dios, padre de todos los hombres, y nos preocupemos de los más pobres y necesitados.
-Para que veamos presente y amemos a Dios en nuestros hermanos, y por tanto salgamos al encuentro de sus necesidades materiales y espirituales.
Oración: Dios fuerte y misericordioso, haz que la presencia de tu Hijo en la Eucaristía derrame sobre el mundo tu amor, tu paz y tu consuelo. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
* * *
SANTA ISABEL DE HUNGRÍA
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 20 de octubre de 2010
Isabel practicaba asiduamente las obras de misericordia: daba de beber y de comer a quien llamaba a su puerta, proporcionaba vestidos, pagaba las deudas, se hacía cargo de los enfermos y enterraba a los muertos. Bajando de su castillo, a menudo iba con sus doncellas a las casas de los pobres, les llevaba pan, carne, harina y otros alimentos. Entregaba los alimentos personalmente y controlaba con atención los vestidos y las camas de los pobres. Cuando refirieron este comportamiento a su marido, este no sólo no se disgustó, sino que respondió a los acusadores: «Mientras no me venda el castillo, me alegro». En este contexto se sitúa el milagro del pan transformado en rosas: mientras Isabel iba por la calle con su delantal lleno de pan para los pobres, se encontró con su marido que le preguntó qué llevaba. Ella abrió el delantal y, en lugar de pan, aparecieron magníficas rosas. Este símbolo de caridad está presente muchas veces en las representaciones de santa Isabel.
Su matrimonio fue profundamente feliz: Isabel ayudaba a su esposo a elevar sus cualidades humanas a nivel sobrenatural, y él, en cambio, protegía a su mujer en su generosidad hacia los pobres y en sus prácticas religiosas. Cada vez más admirado de la gran fe de su esposa, Luis, refiriéndose a su atención por los pobres, le dijo: «Querida Isabel, es a Cristo a quien has lavado, alimentado y cuidado». Un testimonio claro de cómo la fe y el amor a Dios y al prójimo refuerzan la vida familiar y hacen todavía más profunda la unión matrimonial.
La joven pareja encontró apoyo espiritual en los Frailes Menores, [los franciscanos], que, desde 1222, se difundieron en Turingia. Entre ellos Isabel eligió a fray Rogelio (Rüdiger) como director espiritual. Cuando éste le contó la historia de la conversión del joven y rico comerciante Francisco de Asís, Isabel se entusiasmó todavía más en su camino de vida cristiana. Desde aquel momento, siguió con más decisión aún a Cristo pobre y crucificado, presente en los pobres. Incluso cuando nació su primer hijo, al que siguieron después otros dos, nuestra santa no abandonó nunca sus obras de caridad. Además ayudó a los Frailes Menores a construir un convento en Halberstadt, del cual fray Rogelio se convirtió en superior. La dirección espiritual de Isabel pasó, así, a Conrado de Marburgo.
Una dura prueba fue el adiós a su marido, a finales de junio de 1227 cuando Luis IV se unió a la cruzada del emperador Federico II, recordando a su esposa que se trataba de una tradición para los soberanos de Turingia. Isabel respondió: «No te retendré. He entregado toda mi persona a Dios y ahora también tengo que darte a ti». Sin embargo, la fiebre diezmó las tropas y Luis cayó enfermo y murió en Otranto, antes de embarcarse, en septiembre de 1227, a la edad de veintisiete años.
Isabel, al conocer la noticia, se afligió tanto que se retiró a la soledad, pero después, fortalecida por la oración y consolada por la esperanza de volver a verlo en el cielo, comenzó a interesarse de nuevo por los asuntos del reino. Pero la esperaba otra prueba: su cuñado usurpó el gobierno de Turingia, declarándose auténtico heredero de Luis y acusando a Isabel de ser una mujer devota incompetente para gobernar. La joven viuda, junto con sus tres hijos, fue expulsada del castillo de Wartburg y buscó un lugar donde refugiarse. Sólo dos de sus doncellas permanecieron a su lado, la acompañaron y confiaron a los tres hijos a los cuidados de los amigos de Luis. Peregrinando por las aldeas, Isabel trabajaba donde recibía acogida, asistía a los enfermos, hilaba y cosía.
Durante este calvario, soportado con gran fe, con paciencia y entrega a Dios, algunos parientes, que le seguían siendo fieles y consideraban ilegítimo el gobierno de su cuñado, rehabilitaron su nombre. Así Isabel, a principios de 1228, pudo recibir una renta apropiada para retirarse en el castillo de la familia en Marburgo, donde vivía también su director espiritual Conrado. Fue él quien refirió al Papa Gregorio IX el siguiente hecho: «El viernes santo de 1228, poniendo las manos sobre el altar de la capilla de su ciudad, Eisenach, donde había acogido a los Frailes Menores, en presencia de algunos frailes y familiares, Isabel renunció a su propia voluntad y a todas las vanidades del mundo. Quería renunciar también a todas las posesiones, pero yo la disuadí por amor de los pobres. Poco después construyó un hospital, recogió a enfermos e inválidos y sirvió en su propia mesa a los más miserables y desamparados. Al reprenderla yo por estas cosas, Isabel respondió que de los pobres recibía una gracia especial y humildad».
Podemos descubrir en esta afirmación una cierta experiencia mística parecida a la que vivió san Francisco: en efecto, el Poverello de Asís declaró en su Testamento que, sirviendo a los leprosos, lo que antes le resultaba amargo se transformó en dulzura del alma y del cuerpo (Test 1-3). Isabel pasó los últimos tres años de su vida en el hospital que ella misma había fundado, sirviendo a los enfermos, velando por los moribundos. Siempre trataba de realizar los servicios más humildes y los trabajos repugnantes. Se convirtió en lo que podríamos llamar una mujer consagrada en medio del mundo, y formó, con algunas de sus amigas, vestidas con hábitos grises, una comunidad religiosa. No es casualidad que sea patrona de la Tercera Orden Regular de San Francisco y de la Orden Franciscana Secular.
* * *
ISABEL RECONOCIÓ Y AMÓ A CRISTO
EN LA PERSONA DE LOS POBRES

De una carta escrita por Conrado de Marburgo,
director espiritual de santa Isabel, a Gregorio IX en 1232
Pronto Isabel comenzó a destacar por sus virtudes, y, así como durante toda su vida había sido consuelo de los pobres, comenzó luego a ser plenamente remedio de los hambrientos. Mandó construir un hospital cerca de uno de sus castillos y acogió en él gran cantidad de enfermos e inválidos; a todos los que allí acudían en demanda de limosna les otorgaba ampliamente el beneficio de su caridad, y no sólo allí, sino también en todos los lugares sujetos a la jurisdicción de su marido, llegando a agotar de tal modo todas las rentas provenientes de los cuatro principados de éste, que se vio obligada finalmente a vender en favor de los pobres todas las joyas y vestidos lujosos.
Tenía la costumbre de visitar personalmente a todos sus enfermos, dos veces al día, por la mañana y por la tarde, curando también personalmente a los más repugnantes, a los cuales daba de comer, les hacía la cama, los cargaba sobre sí y ejercía con ellos muchos otros deberes de humanidad; y su esposo, de grata memoria, no veía con malos ojos todas estas cosas. Finalmente, al morir su esposo, ella, aspirando a la máxima perfección, me pidió con lágrimas abundantes que le permitiese ir a mendigar de puerta en puerta.
En el mismo día del Viernes santo, mientras estaban desnudados los altares, puestas las manos sobre el altar de una capilla de su ciudad, en la que había establecido Frailes Menores, estando presentes algunas personas, renunció a su propia voluntad, a todas las pompas del mundo y a todas las cosas que el Salvador, en el Evangelio, aconsejó abandonar. Después de esto, viendo que podía ser absorbida por la agitación del mundo y por la gloria mundana de aquel territorio en el que, en vida de su marido, había vivido rodeada de boato, me siguió hasta Marburgo, aun en contra de mi voluntad: allí, en la ciudad, hizo edificar un hospital, en el que dio acogida a enfermos e inválidos, sentando a su mesa a los más míseros y despreciados.
Afirmo ante Dios que raramente he visto una mujer que a una actividad tan intensa juntara una vida tan contemplativa, ya que algunos religiosos y religiosas vieron más de una vez cómo, al volver de la intimidad de la oración, su rostro resplandecía de un modo admirable y de sus ojos salían como unos rayos de sol.
Antes de su muerte, la oí en confesión, y, al preguntarle cómo había de disponer de sus bienes y de su ajuar, respondió que hacía ya mucho tiempo que pertenecía a los pobres todo lo que figuraba como suyo, y me pidió que se lo repartiera todo, a excepción de la pobre túnica que vestía y con la que quería ser sepultada. Recibió luego el cuerpo del Señor y después estuvo hablando, hasta la tarde, de las cosas buenas que había oído en la predicación: finalmente, habiendo encomendado a Dios con gran devoción a todos los que la asistían, expiró como quien se duerme plácidamente.
* * *
SAN FRANCISCO, UN HOMBRE COMUNIÓN
por Sebastián López, OFM
A LA PAZ DESDE LA GUERRA: EN EL SENO DE LA FRATERNIDAD (II)
Cuando surgieron las dificultades y tensiones en la Orden y fue cuestionada la autoridad del fundador, Francisco confió el asunto al Señor y amó a sus hermanos desde la paciencia, que es la «fuerza reconciliadora» del amor (Boros). Dejó hacer y hacerse a sus hermanos, confiando la Orden a Dios, que esa es la paciencia que brinda raíz a la paz, no la que sufre porque no hay más remedio, sino la que conscientemente acepta la adversidad, la sienta a su mesa y la acerca al calor de su hogar, dejando que allí queme toda tristeza y resentimiento, e ilumine la vida de serena alegría, porque Dios ha tomado cartas en el asunto.
«Como el Santo se turbara una vez de los malos ejemplos y se presentara turbado a la oración, recibió del Señor este reproche: "¿Por qué te conturbas, hombrecillo? ¿Es que acaso te he escogido yo como pastor de mi Religión de suerte que no sepas que soy yo su principal dueño?"» (2 Cel 158). «Oído esto, su alma quedó maravillosamente consolada. Y si bien, dado el ardiente celo que tenía siempre por la perfección de la Religión, no podía por menos de afligirse profundamente cuando oía que los hermanos cometían alguna imperfección de la que se derivaba mal ejemplo o escándalo, pronto, después de haber sido confortado con este consuelo del Señor, se decía trayendo a la memoria aquello del salmo: "He jurado y prometido guardar las leyes del Señor (Sal 118,106) y observar la Regla que el mismo Señor me dio para mí y para los que quieran imitarme"» (EP 81; LP 112).
Aunque no lo parezca, es aquí sobre todo donde Francisco nos ha enseñado mejor el camino de la paz, de la reconciliación. Porque más que en ninguna otra situación o circunstancia de su vida Francisco, sin renegar de su ideal, se mantuvo unido a sus hermanos. La Carta a un Ministro, escrita cuando la crisis de la Orden estallaba o alcanzaba uno de sus momentos más tensos, es como el ideario de una postura razonada y conscientemente elegida más allá de todo pecado o falta y de la propia sensibilidad herida. De escoger una palabra o actitud que la resumiese, nos inclinaríamos por el respeto. Respeto a la gracia que no quiere prisas ni manos nerviosas que no acierten a ser cuenco de su agua para los demás; y respeto al hermano. Siempre y aun y sobre todo cuando es pecador:
«En esto quiero conocer si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieras esto, a saber, que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos».
La explicación de que el franciscanismo tenga siempre su tiempo, nos parece que no tiene más fuente que este respeto de Francisco para los demás, que le regaló la paciencia. La gracia tiene su tiempo y lo exige, y el hermano, cada hermano, tiene su gracia. Hoy decimos pluralismo, que él lo expresaba así: «Sería buen hermano menor aquel que conjuntara la vida y cualidades de estos santos hermanos, a saber, la fe del hermano Bernardo de Quintaval, la sencillez y pureza del hermano León, la cortesía del hermano Ángel Tancredi, la presencia agradable y el porte natural, junto con la conversación elegante y devota, del hermano Maseo, la elevación de alma por la contemplación que el hermano Gil tuvo en sumo grado, la virtuosa y continua oración del hermano Rufino, la paciencia del hermano Junípero, la fortaleza corporal y espiritual del hermano Juan de Lodi, la caridad del hermano Rogerio, la solicitud del hermano Lúcido...» (EP 85).
Diferentes, pero hijos todos de la misma madre, la Orden, cuya Vida y Regla abrazaron. «El Santo -dice Tomás de Celano- tuvo siempre constante deseo y solicitud atenta de asegurar entre los hijos el vínculo de la unidad, para que los que habían sido atraídos por un mismo espíritu y engendrados por un mismo Padre, se estrechasen en paz en el regazo de una misma madre. Quería unir a grandes y pequeños, atar con afecto de hermanos a sabios y simples, conglutinar con la ligadura del amor a los que estaban distanciados entre sí» (2 Cel 191).
El respeto le enseñó también a callar ante los hermanos que le contradecían. El silencio fue también un arma de reconciliación. Los biógrafos han tomado nota frecuentemente de él: «Prefería callar», dicen repetidamente. Antes que el escándalo o que convertirse en un tirano, el silencio. ¿Quizá porque él sabía de las violencias de su corazón...? Diríamos que prefería ser palabra a decirla. «Mas, a fin de que la palabra que el Señor había puesto en su boca para bien de los hermanos no volviera vacía al Señor, él quería cumplirla en sí mismo... Con esto, finalmente, encontraba su espíritu descanso y paz» (LP 101).
[Cf. Selecciones de Franciscanismo, n. 11 (1975) 154-166]

DÍA 17 DE NOVIEMBRE: SANTA ISABEL DE HUNGRÍA, SANTA GERTRUDIS LA MAGNA, SANTOS ROQUE GONZÁLEZ, ALFONSO (O ALONSO) RODRÍGUEZ Y JUAN DEL CASTILLO, etc.



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SANTA ISABEL DE HUNGRÍA. Hija del rey Andrés II de Hungría, nació el año 1207 en Bratislava. A los 14 años se desposó con Luis IV, Landgrave de Turingia, con el que tuvo tres hijos. Vivió de forma eminente los ideales evangélicos que promovían las nacientes órdenes mendicantes. Acogió a los primeros franciscanos en su llegada a Turingia (1225). Se dedicó asiduamente a la oración y a las obras de caridad. Modelo de esposa y madre, brilló por su austeridad, generosidad y entrega al cuidado de los pobres y de los enfermos. A la muerte de su esposo en la VI Cruzada (1227), dejó la corte, se trasladó a Marburgo, abrazó voluntariamente la pobreza y fundó un hospital dedicado a San Francisco, en el que ella personalmente servía a los enfermos más desgraciados. Tempranamente se apagó su vida en Marburgo, el 17 de noviembre de 1231. Es patrona de la Tercera Orden Franciscana y son muchas las congregaciones religiosas dedicadas a la caridad que llevan su nombre.- Oración: Oh Dios, que concediste a santa Isabel de Hungría la gracia de reconocer y venerar en los pobres a tu Hijo Jesucristo, concédenos, por su intercesión, servir con amor infatigable a los humildes y a los atribulados. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
SANTA GERTRUDIS LA MAGNA. [Murió el 17 de noviembre y su memoria se celebra el 16 del mismo mes]. Nació en Eisleben (Turingia, Alemania) el año 1256. Siendo aún muy niña fue recibida en el monasterio cisterciense de Helfta, en el que se entregó con ardor al estudio, dedicándose principalmente a la filosofía y la literatura. A los 26 años se consagró a Dios de modo exclusivo, adelantando de manera admirable en el camino de la perfección y viviendo sumergida en la oración y contemplación, atraída por la espiritualidad litúrgica, el amor hacia el Corazón de Jesús y la Eucaristía; cultivó el estudio de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres. Tuvo elevadas experiencias místicas, caracterizadas por el vivo sentido de la libertad de los hijos de Dios y por la tierna contemplación y devoción a la humanidad de Cristo y en especial de Cristo crucificado. Nos dejó insignes escritos espirituales. Murió en su monasterio, cerca de Eisleben, el 17 de noviembre de 1302.- Oración: Oh Dios, que hiciste del corazón de tu virgen santa Gertrudis una gozosa morada para ti, por su oración y sus méritos, ilumina las tinieblas de nuestro corazón y concédenos experimentar con alegría tu presencia y tu acción entre nosotros. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
SANTOS ROQUE GONZÁLEZ, ALFONSO (O ALONSO) RODRÍGUEZ Y JUAN DEL CASTILLO, sacerdotes, jesuitas, mártires de Paraguay. San Roque es el primer santo paraguayo; nació en Asunción el año 1576, de una familia española acomodada. Fue sacerdote a los 23 años y se hizo jesuita a los 32. A partir de entonces se convirtió en apóstol de los indios guaraníes. Aprendió su lengua, fue un gran organizador de su vida económica, social y religiosa en las «reducciones», y defensor de sus derechos contra los esclavistas. San Alfonso y san Juan eran españoles, el primero nacido en Zamora en 1598 y el segundo en Belmonte (Cuenca) en 1596; los dos se hicieron jesuitas, y en 1616 marcharon a Argentina, donde completaron su formación. Ya sacerdotes, fueron destinados a la misión de Uruguay, de la que era superior san Roque. En 1628, cuando estaban en plena actividad misionera, los mismos indios para los que trabajaban, instigados por sus hechiceros, martirizaron a san Roque y san Alfonso el 15 de noviembre, y a san Juan el 17, dos días después.
BEATA SALOMÉ DE CRACOVIA. [Murió el 17 de noviembre y la Familia Franciscana celebra su memoria el 18 del mismo mes]. Nació en Cracovia (Polonia) de familia real el año 1211. De niña la desposaron con Colomán, hijo del rey Andrés II de Hungría; fue por tanto cuñada de santa Isabel y de la beata Cunegunda. En 1214 fueron coronados reyes de Galizia (Halicz, en Hungría). Más tarde contrajeron el matrimonio, que vivieron en virginidad abrazada de mutuo acuerdo, llevando una vida austera, llena de obras de piedad y de caridad. En 1241 murió Colomán combatiendo contra los tártaros. Salomé regresó a su patria, donde intensificó su vida espiritual, se convirtió en bienhechora de los franciscanos y, en 1245, emprendió la fundación de un convento de clarisas en Sandomierz (Polonia). No tardó en vestir allí el hábito y profesar la Regla de santa Clara. En sus 23 años de vida claustral fue ejemplo de obediencia y humildad, olvidada su antigua condición de reina. La eligieron abadesa y rigió el monasterio con verdadero espíritu franciscano y clariano. Murió el 17 de noviembre de 1268.- Oración: Dios de misericordia, que has llamado a la beata Salomé desde los afanes del gobierno temporal a la vida de perfecta caridad, concédenos, por su intercesión y ejemplo, servirte con humildad y puro corazón, para obtener el premio de la gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
* * *
San Acisclo de Córdoba. Sufrió el martirio en Córdoba (España) a comienzos del siglo IV, durante la persecución de Diocleciano. La ciudad de Córdoba lo celebra como su patrono junto con santa Victoria, cuya memoria ha sido suprimida en el nuevo Martirologio romano.
Santos Alfeo y Zaqueo. El año 303, en Cesarea de Palestina, durante la persecución del emperador Diocleciano, por confesar con firmeza que hay un solo Dios y que Jesucristo es rey, fueron condenados a muerte y ejecutados, después de sufrir muchas torturas.
San Aniano. Obispo de Orleans (Francia). Confiando sólo en Dios, cuya ayuda obtuvo con frecuencia con oraciones y lágrimas, liberó a su ciudad, asediada por los hunos. Murió el año 453.
San Florino. Sacerdote que se dedicó con fidelidad a la cura parroquial en Ramosch (Suiza). Murió a mediados del siglo VII.
San Gregorio el Taumaturgo. Nació en Cesarea del Ponto (Turquía) hacia el año 213, en el seno de una familia pagana. Estudió en Atenas y Beirut. Por influencia de Orígenes se convirtió al cristianismo. Hacia el año 240 fue consagrado obispo de su ciudad natal. Destacó por su doctrina, virtudes y trabajos apostólicos, y, por los numerosos milagros que realizó, se le llamó «Taumaturgo». Murió entre los años 270 y 275.
San Gregorio de Tours. Nació en Clermont (Francia) el año 538, en el seno de una ilustre familia galo-romana, y se educó en la escuela episcopal de su ciudad, en la que adquirió una buena cultura y se aficionó a la historia. El año 578 fue elegido obispo de Tours. Fue un pastor activo y celoso, estuvo en contacto con los obispos de su tiempo, asistió a varios concilios, procuró la paz y armonía en el seno de la comunidad cristiana. Escribió varias obras entre las que destaca la Historia Francorum, en la que, con estilo claro y sencillo, recoge la historia de los francos. Murió el año 594.
Santa Hilda. Nació en Northumbría (Inglaterra) el año 614, de familia pagana. En su juventud entró a formar parte del séquito del rey Eduino en York, y cuando el rey se bautizó, lo hizo ella también. A los 33 años ingresó en el monasterio de Hartlepool, del que pasó en el 657 al de Whitby como abadesa del doble monasterio, masculino y femenino. Fomentó la disciplina monástica, la formación intelectual de los monjes y la formación religiosa de las monjas, adoptó la Regla de San Benito, promovió la paz y el espíritu de caridad, así como la lectura de la Sagrada Escritura. Murió el año 680.
San Hugo de Lincoln. Nació en Avalon, cerca de Grenoble (Francia), el año 1140. Ingresó de joven en los Canónigos Regulares de San Agustín y algún tiempo después pasó a la Gran Cartuja. El año 1179 lo enviaron como abad a la nueva cartuja de Witham (Inglaterra). Completó la construcción y consolidó la comunidad, a la que llegaron nuevas vocaciones. Lo nombraron obispo de Lincoln en 1186. Realizó una gran labor con firmeza y suavidad, visitó su diócesis, predicó en todas partes, administró los sacramentos. Fue amigo y consejero de varios reyes, defendió la libertad de la Iglesia y defendió a los judíos frente a sus enemigos. Murió en Londres el año 1200 cuando regresaba de un viaje a Francia.
San Hugo de Novara. Fue monje en el monasterio de Claraval (Francia) y discípulo de san Bernardo, quien lo envió a Italia, donde fundó y gobernó varios monasterios, el último de ellos en Novara de Sicilia, del que fue abad hasta su muerte. De esta manera se inició la reforma cisterciense en Sicilia. Murió entre los años 1172 y 1180.
Santos Jordán Ansalone y Tomás Hioji Rokuzayemon Nishi. Sacerdotes de la Orden de Santo Domingo. Jordán nació en Sicilia el año 1598. Vistió el hábito de los dominicos en 1615 y pidió ir a las misiones de Oriente. Llegó a Manila en 1616 y allí se dedicó al apostolado entre los chinos. En 1632 marchó a Japón, que se encontraba en plena persecución contra los cristianos. Tomásnació en una isla japonesa, de padres cristianos que fueron martirizados. En 1625 empezó el noviciado con los dominicos de Manila. Estuvo un tiempo en Formosa y luego entró camuflado en Japón. Los dos, Jordán y Tomás, estuvieron trabajando en la región de Nagasaki hasta que fueron detenidos en 1634. Los sometieron a refinados y crueles suplicios para que apostataran, y los mataron en el tormento llamado de la horca y la hoya.
San Lázaro. Nació en Armenia a finales del siglo VIII y de joven abrazó la vida monástica en Constantinopla. Era un excelente pintor de iconos. El emperador Teófilo, que era iconoclasta, mandó destruir y quemar las sagradas imágenes, a lo que se negó Lázaro, por lo que fue represaliado y torturado, hasta quemarle las manos. Pasada la persecución, volvió a su trabajo artístico, se ordenó de sacerdote y fue miembro de la legación que envió a Roma el emperador Miguel III para consolidar la concordia y unidad de toda la Iglesia. Murió en Constantinopla el año 867.
San Namacio. Nació de noble estirpe hacia el año 486. Ocupó importantes cargos civiles y, estando todavía casado, se dedicó al servicio de Dios ejerciendo el ministerio de la palabra y las obras de misericordia. Fue elegido obispo de Vienne (Borgoña, Francia) y murió en la segunda mitad del siglo VI. Desempeñó rectamente los oficios civiles y al mismo tiempo rigió y honró su sede episcopal.
Beato Eusebio Andrés Roldán Vielva. Nació en Nava de Santullán (Palencia) en 1895. Muy joven ingresó en los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Ejerció su apostolado en varios centros de La Salle. En 1917 fue a Burgos para hacer el servicio militar. Cuando estalló la persecución religiosa en España estaba en la escuela de Gracia de Barcelona. Dejó el convento y se refugió en sucesivos escondites, hasta que los milicianos lo detuvieron. Lo asesinaron el 17-XI-1936 y su cuerpo apareció acribillado y torturado cerca del cementerio Oeste de Barcelona.
Beato Josafat Kocylovskyj. Nació en Polonia el año 1876, estudió en Roma, se ordenó de sacerdote en 1907, trabajó en el seminario de Stanislaviv y en 1911 ingresó en la Orden Basiliana de San Josafat. En 1917 lo eligieron para obispo de Przemysl (Polonia) de los ucranianos, o sea, de la Iglesia católica uniata. Poco después se produjo en Rusia la revolución comunista. Permaneció entregado a su ministerio hasta que, en 1945, las autoridades comunistas polacas lo detuvieron. Lo llevaron a Kiev y en la cárcel contrajo una pulmonía. Lo encerraron en el campo de concentración de Capaivca (Kiev, Ucrania), le propusieron que se pasara a la ortodoxia, pero él se mantuvo firme en la comunión con Roma, y murió el año 1947.
Beato León Saisho Shichiemon. Nació en Jonai (Japón) hacia 1569 y recibió el bautismo en 1608. Era un samurai de rango alto y después de su conversión se entregó a un camino de oración y perfección. Instado repetidamente por su señor a apostatar, León resistió con fortaleza y ánimo tranquilo. Fue condenado a muerte por haberse bautizado en contra de las órdenes de su señor. Lo decapitaron el 17 de noviembre de 1608, tres meses y medio después de haber recibido el bautismo, en Sendai, diócesis de Kagoshima. Fue beatificado el año 2008 junto con otros mártires de Japón.
Beato Lupo Sebastián Hunot. Nació en Brienon l'Archevêque (Francia) el año 1745. Se ordenó de sacerdote como sus hermanos Juan y Francisco, y los tres eran canónigos de la colegiata de su ciudad natal. En la Revolución Francesa prestó el juramento constitucional, pero, cuando el Papa condenó la constitución civil del clero, retractó su juramento. Por eso lo detuvieron y lo condenaron a la deportación, y en 1794 lo internaron en una nave-prisión anclada frente a Rochefort, donde sólo pudo aguantar unos meses, en los que dio pruebas de piedad y de abandono en las manos de Dios.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
Dijo Jesús a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12,32-34).
Pensamiento franciscano:
De las Admoniciones de san Francisco: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Hay muchos que perseveran en oraciones y oficios divinos, y hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero, por una sola palabra que les parezca injuriosa para sus cuerpos o por alguna cosa que se les quite, escandalizados, enseguida se perturban. Estos no son pobres de espíritu» (Adm 14).
Orar con la Iglesia:
Bajo la acción del Espíritu Santo, que ayuda nuestra debilidad e intercede por nosotros para que sepamos pedir lo que nos conviene, presentemos al Padre nuestra plegaria.
-Para que la Iglesia, fiel al Señor, progrese en el amor universal que brota de la presencia viva de Cristo en la Eucaristía.
-Para que los gobiernos del mundo respeten los derechos de toda persona y fomenten la verdadera convivencia entre los ciudadanos.
-Para que se manifieste en nosotros el amor de Dios, padre de todos los hombres, y nos preocupemos de los más pobres y necesitados.
-Para que veamos presente y amemos a Dios en nuestros hermanos, y por tanto salgamos al encuentro de sus necesidades materiales y espirituales.
Oración: Dios fuerte y misericordioso, haz que la presencia de tu Hijo en la Eucaristía derrame sobre el mundo tu amor, tu paz y tu consuelo. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
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SANTA ISABEL DE HUNGRÍA
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 20 de octubre de 2010
Isabel practicaba asiduamente las obras de misericordia: daba de beber y de comer a quien llamaba a su puerta, proporcionaba vestidos, pagaba las deudas, se hacía cargo de los enfermos y enterraba a los muertos. Bajando de su castillo, a menudo iba con sus doncellas a las casas de los pobres, les llevaba pan, carne, harina y otros alimentos. Entregaba los alimentos personalmente y controlaba con atención los vestidos y las camas de los pobres. Cuando refirieron este comportamiento a su marido, este no sólo no se disgustó, sino que respondió a los acusadores: «Mientras no me venda el castillo, me alegro». En este contexto se sitúa el milagro del pan transformado en rosas: mientras Isabel iba por la calle con su delantal lleno de pan para los pobres, se encontró con su marido que le preguntó qué llevaba. Ella abrió el delantal y, en lugar de pan, aparecieron magníficas rosas. Este símbolo de caridad está presente muchas veces en las representaciones de santa Isabel.
Su matrimonio fue profundamente feliz: Isabel ayudaba a su esposo a elevar sus cualidades humanas a nivel sobrenatural, y él, en cambio, protegía a su mujer en su generosidad hacia los pobres y en sus prácticas religiosas. Cada vez más admirado de la gran fe de su esposa, Luis, refiriéndose a su atención por los pobres, le dijo: «Querida Isabel, es a Cristo a quien has lavado, alimentado y cuidado». Un testimonio claro de cómo la fe y el amor a Dios y al prójimo refuerzan la vida familiar y hacen todavía más profunda la unión matrimonial.
La joven pareja encontró apoyo espiritual en los Frailes Menores, [los franciscanos], que, desde 1222, se difundieron en Turingia. Entre ellos Isabel eligió a fray Rogelio (Rüdiger) como director espiritual. Cuando éste le contó la historia de la conversión del joven y rico comerciante Francisco de Asís, Isabel se entusiasmó todavía más en su camino de vida cristiana. Desde aquel momento, siguió con más decisión aún a Cristo pobre y crucificado, presente en los pobres. Incluso cuando nació su primer hijo, al que siguieron después otros dos, nuestra santa no abandonó nunca sus obras de caridad. Además ayudó a los Frailes Menores a construir un convento en Halberstadt, del cual fray Rogelio se convirtió en superior. La dirección espiritual de Isabel pasó, así, a Conrado de Marburgo.
Una dura prueba fue el adiós a su marido, a finales de junio de 1227 cuando Luis IV se unió a la cruzada del emperador Federico II, recordando a su esposa que se trataba de una tradición para los soberanos de Turingia. Isabel respondió: «No te retendré. He entregado toda mi persona a Dios y ahora también tengo que darte a ti». Sin embargo, la fiebre diezmó las tropas y Luis cayó enfermo y murió en Otranto, antes de embarcarse, en septiembre de 1227, a la edad de veintisiete años.
Isabel, al conocer la noticia, se afligió tanto que se retiró a la soledad, pero después, fortalecida por la oración y consolada por la esperanza de volver a verlo en el cielo, comenzó a interesarse de nuevo por los asuntos del reino. Pero la esperaba otra prueba: su cuñado usurpó el gobierno de Turingia, declarándose auténtico heredero de Luis y acusando a Isabel de ser una mujer devota incompetente para gobernar. La joven viuda, junto con sus tres hijos, fue expulsada del castillo de Wartburg y buscó un lugar donde refugiarse. Sólo dos de sus doncellas permanecieron a su lado, la acompañaron y confiaron a los tres hijos a los cuidados de los amigos de Luis. Peregrinando por las aldeas, Isabel trabajaba donde recibía acogida, asistía a los enfermos, hilaba y cosía.
Durante este calvario, soportado con gran fe, con paciencia y entrega a Dios, algunos parientes, que le seguían siendo fieles y consideraban ilegítimo el gobierno de su cuñado, rehabilitaron su nombre. Así Isabel, a principios de 1228, pudo recibir una renta apropiada para retirarse en el castillo de la familia en Marburgo, donde vivía también su director espiritual Conrado. Fue él quien refirió al Papa Gregorio IX el siguiente hecho: «El viernes santo de 1228, poniendo las manos sobre el altar de la capilla de su ciudad, Eisenach, donde había acogido a los Frailes Menores, en presencia de algunos frailes y familiares, Isabel renunció a su propia voluntad y a todas las vanidades del mundo. Quería renunciar también a todas las posesiones, pero yo la disuadí por amor de los pobres. Poco después construyó un hospital, recogió a enfermos e inválidos y sirvió en su propia mesa a los más miserables y desamparados. Al reprenderla yo por estas cosas, Isabel respondió que de los pobres recibía una gracia especial y humildad».
Podemos descubrir en esta afirmación una cierta experiencia mística parecida a la que vivió san Francisco: en efecto, el Poverello de Asís declaró en su Testamento que, sirviendo a los leprosos, lo que antes le resultaba amargo se transformó en dulzura del alma y del cuerpo (Test 1-3). Isabel pasó los últimos tres años de su vida en el hospital que ella misma había fundado, sirviendo a los enfermos, velando por los moribundos. Siempre trataba de realizar los servicios más humildes y los trabajos repugnantes. Se convirtió en lo que podríamos llamar una mujer consagrada en medio del mundo, y formó, con algunas de sus amigas, vestidas con hábitos grises, una comunidad religiosa. No es casualidad que sea patrona de la Tercera Orden Regular de San Francisco y de la Orden Franciscana Secular.
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ISABEL RECONOCIÓ Y AMÓ A CRISTO
EN LA PERSONA DE LOS POBRES

De una carta escrita por Conrado de Marburgo,
director espiritual de santa Isabel, a Gregorio IX en 1232
Pronto Isabel comenzó a destacar por sus virtudes, y, así como durante toda su vida había sido consuelo de los pobres, comenzó luego a ser plenamente remedio de los hambrientos. Mandó construir un hospital cerca de uno de sus castillos y acogió en él gran cantidad de enfermos e inválidos; a todos los que allí acudían en demanda de limosna les otorgaba ampliamente el beneficio de su caridad, y no sólo allí, sino también en todos los lugares sujetos a la jurisdicción de su marido, llegando a agotar de tal modo todas las rentas provenientes de los cuatro principados de éste, que se vio obligada finalmente a vender en favor de los pobres todas las joyas y vestidos lujosos.
Tenía la costumbre de visitar personalmente a todos sus enfermos, dos veces al día, por la mañana y por la tarde, curando también personalmente a los más repugnantes, a los cuales daba de comer, les hacía la cama, los cargaba sobre sí y ejercía con ellos muchos otros deberes de humanidad; y su esposo, de grata memoria, no veía con malos ojos todas estas cosas. Finalmente, al morir su esposo, ella, aspirando a la máxima perfección, me pidió con lágrimas abundantes que le permitiese ir a mendigar de puerta en puerta.
En el mismo día del Viernes santo, mientras estaban desnudados los altares, puestas las manos sobre el altar de una capilla de su ciudad, en la que había establecido Frailes Menores, estando presentes algunas personas, renunció a su propia voluntad, a todas las pompas del mundo y a todas las cosas que el Salvador, en el Evangelio, aconsejó abandonar. Después de esto, viendo que podía ser absorbida por la agitación del mundo y por la gloria mundana de aquel territorio en el que, en vida de su marido, había vivido rodeada de boato, me siguió hasta Marburgo, aun en contra de mi voluntad: allí, en la ciudad, hizo edificar un hospital, en el que dio acogida a enfermos e inválidos, sentando a su mesa a los más míseros y despreciados.
Afirmo ante Dios que raramente he visto una mujer que a una actividad tan intensa juntara una vida tan contemplativa, ya que algunos religiosos y religiosas vieron más de una vez cómo, al volver de la intimidad de la oración, su rostro resplandecía de un modo admirable y de sus ojos salían como unos rayos de sol.
Antes de su muerte, la oí en confesión, y, al preguntarle cómo había de disponer de sus bienes y de su ajuar, respondió que hacía ya mucho tiempo que pertenecía a los pobres todo lo que figuraba como suyo, y me pidió que se lo repartiera todo, a excepción de la pobre túnica que vestía y con la que quería ser sepultada. Recibió luego el cuerpo del Señor y después estuvo hablando, hasta la tarde, de las cosas buenas que había oído en la predicación: finalmente, habiendo encomendado a Dios con gran devoción a todos los que la asistían, expiró como quien se duerme plácidamente.
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SAN FRANCISCO, UN HOMBRE COMUNIÓN
por Sebastián López, OFM
A LA PAZ DESDE LA GUERRA: EN EL SENO DE LA FRATERNIDAD (II)
Cuando surgieron las dificultades y tensiones en la Orden y fue cuestionada la autoridad del fundador, Francisco confió el asunto al Señor y amó a sus hermanos desde la paciencia, que es la «fuerza reconciliadora» del amor (Boros). Dejó hacer y hacerse a sus hermanos, confiando la Orden a Dios, que esa es la paciencia que brinda raíz a la paz, no la que sufre porque no hay más remedio, sino la que conscientemente acepta la adversidad, la sienta a su mesa y la acerca al calor de su hogar, dejando que allí queme toda tristeza y resentimiento, e ilumine la vida de serena alegría, porque Dios ha tomado cartas en el asunto.
«Como el Santo se turbara una vez de los malos ejemplos y se presentara turbado a la oración, recibió del Señor este reproche: "¿Por qué te conturbas, hombrecillo? ¿Es que acaso te he escogido yo como pastor de mi Religión de suerte que no sepas que soy yo su principal dueño?"» (2 Cel 158). «Oído esto, su alma quedó maravillosamente consolada. Y si bien, dado el ardiente celo que tenía siempre por la perfección de la Religión, no podía por menos de afligirse profundamente cuando oía que los hermanos cometían alguna imperfección de la que se derivaba mal ejemplo o escándalo, pronto, después de haber sido confortado con este consuelo del Señor, se decía trayendo a la memoria aquello del salmo: "He jurado y prometido guardar las leyes del Señor (Sal 118,106) y observar la Regla que el mismo Señor me dio para mí y para los que quieran imitarme"» (EP 81; LP 112).
Aunque no lo parezca, es aquí sobre todo donde Francisco nos ha enseñado mejor el camino de la paz, de la reconciliación. Porque más que en ninguna otra situación o circunstancia de su vida Francisco, sin renegar de su ideal, se mantuvo unido a sus hermanos. La Carta a un Ministro, escrita cuando la crisis de la Orden estallaba o alcanzaba uno de sus momentos más tensos, es como el ideario de una postura razonada y conscientemente elegida más allá de todo pecado o falta y de la propia sensibilidad herida. De escoger una palabra o actitud que la resumiese, nos inclinaríamos por el respeto. Respeto a la gracia que no quiere prisas ni manos nerviosas que no acierten a ser cuenco de su agua para los demás; y respeto al hermano. Siempre y aun y sobre todo cuando es pecador:
«En esto quiero conocer si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieras esto, a saber, que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos».
La explicación de que el franciscanismo tenga siempre su tiempo, nos parece que no tiene más fuente que este respeto de Francisco para los demás, que le regaló la paciencia. La gracia tiene su tiempo y lo exige, y el hermano, cada hermano, tiene su gracia. Hoy decimos pluralismo, que él lo expresaba así: «Sería buen hermano menor aquel que conjuntara la vida y cualidades de estos santos hermanos, a saber, la fe del hermano Bernardo de Quintaval, la sencillez y pureza del hermano León, la cortesía del hermano Ángel Tancredi, la presencia agradable y el porte natural, junto con la conversación elegante y devota, del hermano Maseo, la elevación de alma por la contemplación que el hermano Gil tuvo en sumo grado, la virtuosa y continua oración del hermano Rufino, la paciencia del hermano Junípero, la fortaleza corporal y espiritual del hermano Juan de Lodi, la caridad del hermano Rogerio, la solicitud del hermano Lúcido...» (EP 85).
Diferentes, pero hijos todos de la misma madre, la Orden, cuya Vida y Regla abrazaron. «El Santo -dice Tomás de Celano- tuvo siempre constante deseo y solicitud atenta de asegurar entre los hijos el vínculo de la unidad, para que los que habían sido atraídos por un mismo espíritu y engendrados por un mismo Padre, se estrechasen en paz en el regazo de una misma madre. Quería unir a grandes y pequeños, atar con afecto de hermanos a sabios y simples, conglutinar con la ligadura del amor a los que estaban distanciados entre sí» (2 Cel 191).
El respeto le enseñó también a callar ante los hermanos que le contradecían. El silencio fue también un arma de reconciliación. Los biógrafos han tomado nota frecuentemente de él: «Prefería callar», dicen repetidamente. Antes que el escándalo o que convertirse en un tirano, el silencio. ¿Quizá porque él sabía de las violencias de su corazón...? Diríamos que prefería ser palabra a decirla. «Mas, a fin de que la palabra que el Señor había puesto en su boca para bien de los hermanos no volviera vacía al Señor, él quería cumplirla en sí mismo... Con esto, finalmente, encontraba su espíritu descanso y paz» (LP 101).
[Cf. Selecciones de Franciscanismo, n. 11 (1975) 154-166]
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